Visita del Rey Aragón Martín I
Carmen Morte
Carmen Morte
Martín I, "el Humano", rey de Aragón, aparece relacionado en 1398 varias veces con el monasterio de Rueda, como atestiguan los documentos emitidos en Zaragoza durante su dilatada estancia en esa ciudad con motivo de su coronación y de las cortes que allí celebró (C. Contel, 1977). Si bien, sabemos que cuatro años después hizo una breve visita al monasterio en cuya iglesia contempló el sepulcro de fray Pedro Fernández de Híjar y Alagón (†1386), obra singular realizada hacia 1400 en alabastro, que presenta una de las características más apreciadas de este material, el blanco «nieve». Precisamente, esta cualidad matérica llamó la atención del rey, porque en la blancura, artistas y clientes, buscaban la belleza proporcionada por esta piedra ornamental cuando está bien pulida y resulta suave al tacto. En este caso, la particularidad del material era una garantía por la procedencia de la cantera, dado que se había extraído de los yacimientos cercanos propiedad del monasterio, origen mencionado en las fuentes escritas antiguas y refrendado en la analítica geoquímica reciente. Se trata de una obra de excelente calidad de un artista desconocido, quizás del sur de Francia, que dominaba la técnica del alabastro, especialmente la escultura funeraria.
El aprecio de esta escultura funeraria por parte del rey Martín lo conocemos por el texto de una carta fechada el 24 de febrero de 1402, enviada por el monarca al abad del Real Monasterio cisterciense de Santa María de Poblet (Tarragona), lugar donde se quería enterrar porque era el panteón de sus antepasados. En esta misiva expresa su deseo de construir su sepulcro de la misma pedra blancha molt bella que la de la tumba de fray Pedro Fernández de Hijar, conocida por el monarca en el monasterio de Rueda en su visita del día 6 de ese mes. Además, el rey le indica que el maestro que haga su monumento funerario debe ir al cenobio aragonés, para que su abad le indique la "pedrera" de dónde se extrajo la piedra próxima al monasterio cisterciense y que ese maestro, compruebe de visu el grosor y las dimensiones de las piezas de alabastro (Archivo de la Corona de Aragón, Barcelona). Los escultores solían reconocer las canteras para seleccionar personalmente el material para sus obras, en donde a partir de los bolos extraídos se formaban los bloques de alabastro, para luego trasladarlos a los talleres dónde se esculpían.
El rey pudo ver la tumba del noble aragonés en esa fecha del 6 de febrero de 1402, mientras viajaba en barco por el Ebro desde Zaragoza a Tortosa (Tarragona). En ese recorrido fluvial, el monarca expide un documento en "la barca" delante del puerto de la localidad de Gelsa (Zaragoza) y dada la proximidad con el monasterio de Rueda, debió desembarcar en el puerto fluvial de Escatrón, propiedad del cenobio cisterciense, acercarse a Rueda y contemplar la obra funeraria, cuyo material tanto le atrajo. La visita real fue breve, porque al día siguiente Martín I pasa por Caspe, el 8 lo hizo por Mequinenza y dos días después llega a Tortosa. Por el momento se desconoce el motivo concreto de su parada en Rueda, pero se puede pensar que quisiera entrevistarse con el abad Bernardo de San Román, venerar las reliquias o rezar ante la tumba del señor de Hijar y de ¿Violante? Cornel y Luna, primera esposa de Pedro Fernández de Hijar, enterrada en la capilla derecha de la cabecera según J. B. Labaña (1611), que la identifica con el nombre de Isabel. Era pariente de su esposa la reina María de Luna (†1406), pero no era hija de su díscola hermana Brianda de Luna, como se viene repitiendo.
El sepulcro exento de fray Pedro Fernández de Híjar, estaba situado entonces en mitad del crucero de la iglesia monástica, en donde todavía lo cita el cosmógrafo portugués Juan Bautista Labaña y lo describe en su Itinerario del reino de Aragón así: "una tumba alta, de mármol, y sobre ella está la figura del duque en alabastro, con el hábito de monje, tonsura y barba rapada" (1611). El monumento funerario fue trasladado en el año 1647 a la capilla de San Lorenzo situada en el lado derecho de la cabecera de la iglesia y en 1915 entró a formar parte de las colecciones del Museo de Zaragoza. El rico patrimonio artístico del monasterio se dispersó a consecuencia de la Desamortización de Mendizábal en 1836 (B. Antorán, 2021).
La restauración del sepulcro en el año 2000 ha devuelto el color y brillo del alabastro, lo que permite destacar mejor la imagen del difunto yacente con los ojos cerrados, esperando la hora de la resurrección según la doctrina cristiana. La figura se esculpió en un solo bloque de alabastro y se dejó sin policromar, excepto el cabello dorado. Viste el hábito monástico de la Orden del Cister (ingresó en el monasterio de Rueda al enviudar), su cabeza descansa sobre un cojín sostenido por dos ángeles y a sus pies se encuentran las figuras de dos perros, bastante deterioradas. Este animal es uno de los más frecuentes en las tumbas góticas a partir del siglo XIII, como símbolo de fidelidad. Todas las partes del sepulcro antes mencionadas son de alabastro pulido y las alas de los ángeles conservan el oro y restos de policromía, que también tendría el cojín en donde solo se aprecian dibujos ornamentales vegetales. La delicada policromía, con un ornato de oro a pincel, iría acompañada de vistosa laca transparente rojo-carmín para darle suntuosidad y dejar muy visibles los diferentes matices del material. En Aragón había muy buenos profesionales en este tipo de trabajos y solían ser los escultores los que los elegían o sugerían a los comitentes los artistas a realizar las labores pictóricas, porque sabían que una deficiente policromía arruinaba el trabajo escultórico y el propio material.
El juego cromático se intensifica en el resto de la tumba, de piedra calcolítica de areniscas del Mioceno arrancada de la zona próxima al monasterio de Rueda. Está policromada y con elementos dorados, en ella se representan escudos cuartelados con las armas heráldicas de la Casa de Hijar, que identifican al difunto fray Pedro Fernández: barras de Aragón y cadenas de las armas de Navarra. El programa se completa con una iconografía funeraria a base de ángeles turiferarios y monjes lectores, junto a personajes laicos que ejecutan determinados trabajos.
Podemos decir que la escultura funeraria de fray Pedro Fernández tiene luz interior debido a la traslucidez del alabastro, característica que mejor define este material procedente de las canteras aragonesas del Valle Medio del Ebro. Esta propia especificidad, la valoraban artistas y clientes para transmitir una idea, teniendo en cuenta el tipo de obras, su ubicación, las dimensiones del espacio para las que fueron pensadas y el ambiente lumínico, natural o artificial por medio de velas, todo para su correcta visibilidad. Tener una percepción correcta o cuanto menos aproximada de cómo era el lenguaje del alabastro en obras concretas, como el sepulcro de fray Pedro o el retablo mayor de la iglesia monástica, no es fácil debido a su alteración por diversos factores ambientales, traslados, intervenciones y daños producidos por el uso.
Es posible que los ventanales del templo del monasterio tuvieran planchas de alabastro traslúcido colocadas, como era frecuente en los vanos de las iglesias de Aragón. Las "vidrieras", según se les nombra en la documentación, proporcionaban a los espacios interiores una luz difusa y envolvente, a la vez que servían para protegerlos de los agentes atmosféricos y de la entrada de aves. Cuando estaban pintadas, al óleo o al temple, transformaban la arquitectura, resaltaban la belleza de los interiores y las imágenes representadas servían para expresar conceptos religiosos. Con todo ello se creaba un ambiente sagrado que provocaba un impacto de la trascendencia de lo divino en los fieles creyentes.
No era difícil transportar el material por el río Ebro hasta el puerto fluvial de Fayón y por tierra hasta el Panteón Real de la Corona de Aragón, ubicado en Poblet. La calidad del alabastro procedente de las "pedreras" situadas en la actual Comarca Ribera Baja del Ebro, fue muy apreciado desde la época romana porque a la traslucidez y blancura del material, se une el estar próximas al río Ebro y su situación permitía el transporte fluvial del material y que éste pudiera llegar a lugares más alejados de esa zona, Roma, Sevilla o Portugal. Las barcas discurrían río abajo impulsadas por la corriente. El aragonés Pedro Juan de Lastanosa (†1576), a quien se atribuye la autoría de Los Veintiún libros de los ingenios y máquinas de Juanelo Turriano, defiende la navegación fluvial y como conoce los obstáculos existentes, escribe: «En España son muy pocos los ríos que se navegan, sino el río Ebro y muy poco». Propone que pueda ser enteramente navegable salvando los azudes por esclusas y que los barcos puedan entrar desde el mar por Tortosa. Si el transporte era terrestre, el material se llevaba en diferentes carros tirados por acémilas.
El alabastro es un material versátil y su uso fue continuado en Aragón, se convirtió aquí en material preferido para la escultura (funeraria y retablos), pilas bautismales y de agua bendita, sagrarios, altares, escudos de armas, «vidrieras», relojes de sol, además de los componentes arquitectónicos, como portadas monumentales y patios interiores: ventanas, columnas, frisos, capiteles, etc. Sin olvidar los objetos de lujo domésticos.
Para concluir, es preciso mencionar otro gran proyecto realizado enteramente en alabastro procedente sin duda de las canteras propiedad de Rueda. Se trata del Retablo mayor de la Asunción de la Virgen, que en 1611 ocupaba ya la cabecera del templo del monasterio cisterciense y será la última gran empresa de esta tipología construida en Aragón en alabastro que se saca mucho y muy bueno en las montañas que quedan arrimadas a este monasterio (Labaña, 1611). Pudo ser un empeño del abad Juan Huarte o Hugarte (†1616) de hacer un nuevo retablo en un material más lujoso, para sustituir el retablo anterior de madera contratado en 1599 y que no se llegó a montar en la iglesia monástica. En el Cartulario manuscrito de los siglos XVII y XVIII se hace referencia a lo realizado durante el mandato de Huarte y en concreto se menciona: "hizo el Retablo del Altar mayor de la iglesia de Rueda, obra de alabastro, de hermosa talla y escultura, y mejoró, retocó, y dio buena luz a su presbiterio" (Lumen Domus Rotae). Este cambio de material debió hacer necesario arreglar la cabecera para poder apreciar mejor el "lenguaje" visual del alabastro, que entonces ofrecería un aspecto algo diferente al actual.
El retablo de alabastro se trasladó a la iglesia parroquial de Escatrón después de la Desamortización de 1835, mientras que el retablo de madera, encargado en 1599 al escultor Juan Miguel Orliens y a su cuñado, el mazonero Felipe los Clavos, se vendió por 600 libras en 1620 para adornar el presbiterio de la parroquial de Rubielos de Mora (Teruel). Este retablo fue "devorado por las llamas la noche entre el 16 y el 17 de julio de 1844" y, por fortuna, el boceto original de Orliens se conserva en el Archivo Municipal de esa localidad turolense (J. Civera y D. Montolío, 2022).